jueves, 24 de diciembre de 2015

viernes, 18 de diciembre de 2015

PENSAR Y SENTIR.


"La mitad de nuestras equivocaciones nacen de que cuando debemos pensar, sentimos, y cuando debemos sentir, pensamos."


Proverbio de Japón.

lunes, 7 de diciembre de 2015

EL ARQUERO.


En la China antigua se contaba el caso de un príncipe que era extraordinariamente aficionado al arte de la arquería. La verdad es que, como era de débil complexión, tenía que servirse de un arco de peso ligero y que, por tanto, no tenía capacidad para lanzar las flechas a distancias muy largas. Sin embargo, el príncipe estaba muy satisfecho con su arco y la potencia que con el mismo podía desarrollar. Aunque el arco era fácilmente sostenible, los consejeros lo cogían y simulaban que pesaba tanto que sólo los "fornidos" brazos del príncipe podían sostenerlo y tensarlo.

Cada vez que el príncipe disparaba con el arco, le decían:

—¡Fabuloso! ¡Qué destreza, qué potencia! Y nosotros ni siquiera podemos sostener tan pesado arco.

El príncipe no cabía en sí de satisfacción. Estaba convencido de que sólo él podía sostener el arco, y que mediante su fortaleza y habilidad lograba proyectar la flecha a considerable distancia. Y en ese engaño vivió durante años... Pero un día recibió una invitación para participar en un torneo de tiro con arco que llevarían a cabo los príncipes de varios reinos. Los consejeros hicieron todo lo posible para conseguir que el príncipe desistiera de acudir a la competición. Pero el arrogante príncipe aseguró que iría y asombraría a todos con su inigualable destreza.

Llegó el día de la competición. El príncipe estaba realmente exultante. La diana había sido situada a una buena distancia. Todos lo príncipes, con mejor o peor puntería, lograron que sus flechas llegaran hasta el área de la diana. Llegó el momento crucial para el príncipe bobo. Se pavoneaba descaradamente manejando con soltura su muy "pesado" arco. Tensó el arco, disparó y la flecha no alcanzó más que medio recorrido. Avergonzado y a la vez irritado, lo intentó de nuevo y nuevamente la flecha sólo alcanzó medio recorrido, ante las risas y burlas de los presentes.


Leyenda de China.

jueves, 3 de diciembre de 2015

EL EMPERADOR.


Ji Jun era miembro de la Academia Imperial y estaba dotado de una aguda inteligencia y gran horizonte de conocimientos. Un día, el emperador Qian Long le preguntó:
—Dime, sabio erudito, ¿qué se entiende por la fidelidad y por el amor filial?
—La fidelidad —contestó rápidamente Ji se manifiesta en la obediencia total e incondicional al soberano. Aunque éste le mandase a uno suicidarse, tendría que cumplir su voluntad. Por amor filial se entiende el cumplimiento cabal de la voluntad paterna. Si el padre quiere que se suicide el hijo, así se cumplirá su deseo.
El emperador pensó que como Ji era muy inteligente, aunque le ordenase poner fin a su vida, no lo cumpliría de ningún modo. Por lo tanto, con el ánimo de tomarle el pelo y ver cómo se las arreglaría en una circunstancia extrema, le dijo:
—Entonces, ordeno que te suicides.
Ji no se sorprendió ni un ápice, contestando sin vacilación:
—Sí, Majestad, cumpliré su orden.
—¿Se puede saber cómo te vas a suicidar? —preguntó el monarca.
—Me voy a tirar al río —le contestó Ji.
El emperador sabía perfectamente que no se iba a suicidar y que podría salir airosamente de la situación, pero quería seguir con la broma:
—Bueno, concedido el derecho a la muerte.
Dicho esto, se puso a leer un libro que tenía a mano, sin prestar más atención al intelectual. El sentenciado salió del palacio, dio una vuelta y volvió de nuevo. El emperador aparentó sorprenderse de la súbita aparición del que iba a pasar al otro mundo.
—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué has vuelto?
—Majestad, —empezó a explicar el intelectual con un tono intrigante—, cuando llegué al río y me iba a lanzar, de repente vi que había salido del agua el antiguo poeta Qu Yuan.
Me agarró fuertemente impidiéndome ejecutar la suprema voluntad imperial. Me rogó que volviera a preguntar a Su Majestad.
—¿Qué quería que me preguntaras?
—Me dijo que él se había lanzado al río para suicidarse porque el soberano de su época era despótico e imbécil. Sin embargo, ahora que estamos glorificados con la lucidez y sabiduría de nuestro ilustre reinado, merece la pena preguntarle si realmente desea mi muerte. No sería demasiado tarde en cualquier caso suicidarme después de la confirmación de su voluntad.

Leyenda de China.

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