lunes, 16 de agosto de 2010

LA JOYA DE JADE.

El monarca del reino Zhao recibió con gran sorpresa una pieza de jade de singular calidad. Tenía un color lechoso semitransparente. Era suave y opaco de día, pero luminoso y claro durante la noche. El tallado se veía perfecto, con un diseño estético original y un trabajo minucioso y paciente digno de los artesanos chinos. Se trataba de una joya de incalculable valor.
Pero la emoción del rey no duró mucho, puesto que un mensajero del rey Qin le trajo una carta del que el monarca ambicioso y despótico, en la cual le ofrecía quince ciudades por el jade. Sabía perfectamente que su intención era apoderarse de la joya por las buenas o por las malas. El trueque que él proponía no era más que una estafa.
Profundamente preocupado, el rey Zhao reunió a sus cortesanos para buscar una solución. Pero a nadie se le ocurría cómo conservar la joya sin dar motivo a una invasión militar del ejército enemigo.
Un día se presento un joven oficial ante el rey Zhao, a quien se dirigió en tono firme:
—Majestad, me ofrezco para enseñar el jade al rey Qin. Si él no cumple su promesa de ceder quince ciudades, veré la forma de conservar la joya y traerla de vuelta.
El monarca lo miró durante un momento. Lo conocía: era Lin Xiang Ru, un hombre famoso por su inteligencia y valor. Necesitaba hombres leales e intrépidos para esta delicada tarea. Aceptó su ofrecimiento y ordenó a los generales prepararse contra una eventual invasión enemiga.
Lin, el enviado especial, llegó con la joya después de un largo viaje al majestuoso palacio del rey Qin. Le ofreció con una gran reverencia la valiosísima pieza. Los ávidos ojos del monarca se maravillaron ante tan excepcional joya. La acarició con las manos temblorosas, conteniendo la respiración como si se tratara de algo tan frágil que se podía romper con el aliento. Después de un buen rato, se la mostró a los cortesanos, que se maravillaron extasiados ante tal pieza de singular valor. Más tarde se lo llevaron al palacio residencial para enseñársela a las concubinas del rey. Mientras tanto, ni el monarca, ni los cortesanos, ni nadie del palacio hizo caso al portador de la joya, ni le mencionaban el trueque con las quince ciudades. Cuando creyó que había esperado lo suficiente y que por lo visto nunca le devolverían la joya, ni le hablarían de la cesión de las quince ciudades, se dirigió al rey Qin en un tono algo misterioso:
—Majestad, aunque esa pieza parece perfecta, tiene un pequeño desperfecto casi inapreciable.
El rey perdió su gozosa tranquilidad y ordenó que le trajeran inmediatamente la pieza para saber dónde estaba el defecto. Cuando Lin recuperó la joya, retrocedió unos pasos y se colocó al lado de una columna de piedra. Levantó el jade con las dos manos, diciéndole con energía al indignado rey:
Su Majestad ha prometido ceder quince ciudades por esta joya de incalculable valor. En nuestro país nadie cree en la sinceridad de su oferta, excepto yo, que siempre he sostenido lo contrario. Les he convencido diciendo que si cualquier ciudadano común puede cumplir su palabra, siendo el jefe de estado de un reino poderoso, ¿cómo no va a cumplir su promesa? Nuestro rey me ha enviado creyendo lo mismo. Pero, desgraciadamente, no he podido ver hasta ahora ni la mínima muestra de voluntad del intercambio. Por eso me he visto obligado a recuperar la joya, dispuesto a romperla contra la columna si tratan de arrebatármela.
Al ver que Lin había tomado la firme determinación de morir destrozando antes la joya, el rey cambió de táctica inmediatamente, diciéndole con una sonrisa hipócrita:
—¡Tranquilo, tranquilo! Cumpliré mis promesas. Ordenó traer un plano, en el cual trazó sin precisión una generosa línea, diciéndole:
—Todo eso será territorio de su reino. ¿Satisfecho? Ahora deme la joya. No la destruya, por favor.
—De acuerdo, Majestad —contestó Lin mientras pensaba que el rey Qin era capaz de decir cualquier mentira—. Este jade es el tesoro más valioso de la Tierra. Para enviárselo, nuestro rey presidió, después de cinco días de purificación, una ceremonia solemne de despedida. Como respuesta a esta seriedad por nuestra parte, es preciso que Su Majestad ayune durante cinco días y presida luego una ceremonia de recepción. Le ofreceré la joya en bandeja de oro el día de la ceremonia.
El rey Qin tuvo que aceptar las condiciones. Dispuso que el enviado se alojara en una residencia de la capital. Esa misma noche, Lin ordenó que uno de sus criados se ataviara de comerciante y llevara la joya secretamente a su propio reino.
Cuando se dio cuenta el ansioso rey Qin, ya era demasiado tarde. No era posible alcanzar al portador de la joya, tampoco procedía emprender una operación militar contra el reino Zhao, ya que estaban preparados desde hacía días para defenderse. No tuvo más remedio que poner en libertad a Lin, por el temor de provocar una alianza entre los reinos débiles a causa del incidente.

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