martes, 10 de agosto de 2010

EL MANDATO DEL EMPERADOR.

Ji Jun era miembro de la Academia Imperial y estaba dotado de una aguda inteligencia y gran horizonte de conocimientos. Un día, el emperador Qian Long le preguntó:
—Dime, sabio erudito, ¿qué se entiende por la fidelidad y por el amor filial?
—La fidelidad —contestó rápidamente Ji se manifiesta en la obediencia total e incondicional al soberano. Aunque éste le mandase a uno suicidarse, tendría que cumplir su voluntad. Por amor filial se entiende el cumplimiento cabal de la voluntad paterna. Si el padre quiere que se suicide el hijo, así se cumplirá su deseo.
El emperador pensó que como Ji era muy inteligente, aunque le ordenase poner fin a su vida, no lo cumpliría de ningún modo. Por lo tanto, con el ánimo de tomarle el pelo y ver cómo se las arreglaría en una circunstancia extrema, le dijo:
—Entonces, ordeno que te suicides.
Ji no se sorprendió ni un ápice, contestando sin vacilación:
—Sí, Majestad, cumpliré su orden.
—¿Se puede saber cómo te vas a suicidar? —preguntó el monarca.
—Me voy a tirar al río —le contestó Ji.
El emperador sabía perfectamente que no se iba a suicidar y que podría salir airosamente de la situación, pero quería seguir con la broma:
—Bueno, concedido el derecho a la muerte.
Dicho esto, se puso a leer un libro que tenía a mano, sin prestar más atención al intelectual. El sentenciado salió del palacio, dio una vuelta y volvió de nuevo. El emperador aparentó sorprenderse de la súbita aparición del que iba a pasar al otro mundo.
—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué has vuelto?
—Majestad, —empezó a explicar el intelectual con un tono intrigante—, cuando llegué al río y me iba a lanzar, de repente vi que había salido del agua el antiguo poeta Qu Yuan.
Me agarró fuertemente impidiéndome ejecutar la suprema voluntad imperial. Me rogó que volviera a preguntar a Su Majestad.
—¿Qué quería que me preguntaras?
—Me dijo que él se había lanzado al río para suicidarse porque el soberano de su época era despótico e imbécil. Sin embargo, ahora que estamos glorificados con la lucidez y sabiduría de nuestro ilustre reinado, merece la pena preguntarle si realmente desea mi muerte. No sería demasiado tarde en cualquier caso suicidarme después de la confirmación de su voluntad.

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