miércoles, 14 de octubre de 2009

LA HERENCIA DE SHU GUANG

Shu Guang, viejo profesor del príncipe heredero durante muchos años, pidió jubilarse al ver que el primogénito del emperador ya había obtenido una formación cultural bastante sólida. Para agradecer su excelente servicio, el monarca le obsequió con 10 kilos de oro, a los que se sumaron otros 25 que le regaló su alumno, el príncipe heredero.
Volvió entonces el profesor jubilado a su pueblo natal con tan apreciada remuneración. Vinieron a saludarlo parientes, amigos y admiradores, a quienes les agasajaba siempre con suculentas comidas y buenos vinos. Su hospitalidad se difundió por toda la provincia. Acudieron entonces otros conocidos e incluso desconocidos atraídos por la fama del viejo letrado o simplemente por las ganas de saborear sus manjares. Así, al cabo de dos años, se redujo considerablemente su riqueza por los banquetes y regalos. Algunos amigos empezaban a preocuparse, diciéndole:
Conviene que escatimes los enormes gastos. Aunque tuvieras una montaña de oro, se agotaría en pocos años y te quedarías sin nada. ¿Por qué no te compras con ese dinero algún terreno o algunas casas para dejárselos a tus descendientes como herencia?
El viejo profesor sonrió con gratitud y les contestó con lucidez:
—Aunque estoy viejo, no me he olvidado de mis hijos y nietos: miren, tengo una casa suficientemente amplia y un terreno que, si lo cultivan bien, les dará de comer sin problemas. ¿No es suficiente que tengan una vida igual a la de los demás?
Pero deberías adquirir más propiedades para que no les falte nada en el futuro.
Podría comprar más fincas y construirles casas nuevas, pero temo que como lo tienen todo de manera tan fácil se conviertan en unos vagos y holgazanes.
— ¿Por qué?
—El dinero no es todo. La posesión de una desmesurada propiedad puede arruinar la agudeza de los inteligentes y agravar la insensatez de los retardados. Soy consciente de mi incapacidad para educar a mis hijos, pero tampoco quiero incrementar su insensatez. La austeridad es la mejor compañía de la laboriosidad, y ésta es la esencia de la vida.
El viejo siguió gastando su fortuna en convidar a los amigos, conocidos y admiradores. Murió sin dejar herencia. Pero los descendientes prosperaron con sus propios esfuerzos.

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