domingo, 18 de septiembre de 2016

VANIDAD.


Erase una vez, hace muchos años en la antigua China, que un tigre desafió a los dioses, diciendo que su bella piel (que en ese entonces no tenía rayas) con nada se podía manchar. Los dioses intentaron mancharla con todo lo que encontraban: pintura, cloro, jugo de uva, etc.; para acabar pronto intentaron de todo, pero entonces el tigre se empezó a comportar como un insolente y vanidoso animal, así que uno de los dioses se enojó y utilizó casi todo su poder y castigó al tigre por su insolencia poniéndole rayas negras a su bella piel. Y desde entonces el tigre es rayado.

La vanidad es una debilidad y no un símbolo de belleza o poder.

Leyenda de China.

jueves, 15 de septiembre de 2016

VIVIR.


La mañana comenzaba a mostrar sus primeros colores en el horizonte, la brisa soplaba suavemente y las hojas de los árboles se movían de un lado a otro al compás de las ondas del mar cercano.

El anciano sentado en la orilla, observaba el espectáculo que le brindaba la naturaleza, su mente estaba en blanco pero sus sentidos estaban más alertas que nunca. 
El aroma del mar, los primeros rayos de luz solar bañaban su rostro y encandilaban su visión del horizonte, el canto de los pájaros que veían nacer un nuevo día, podía sentir el gusto salado del mar y la agradable sensación del agua masajeando sus pies.

El nacimiento de un nuevo día en el ocaso de su vida lo hacía pensar que realmente vale la pena estar vivo.

lunes, 12 de septiembre de 2016

LA PRIMAVERA.


Esta historia sucedió en Pekín.
Había en la capital una prostituta joven y hermosa llamada Yu Tang Chun, quien conoció por casualidad al hijo de un ministro de la corte. Se enamoraron profundamente entregándose a un idilio en medio de un ambiente adverso. Al joven no le importaba la indecencia de la profesión de su amada y juró no separarse nunca de ella. Sin embargo, como la muchacha trabajaba para la dueña del prostíbulo, el joven tenía que pagarle todos los días para tener el derecho a la exclusividad de la doncella. Había traído decenas de miles de monedas de plata para estudiar en la capital, pero en menos de un año gastó todo el dinero en el prostíbulo y el día que no pudo seguir pagando a la dueña lo echaron de la casa a patadas.

Triste y solitario, el empobrecido hijo del ministro imperial tuvo que mendigar para no morir de hambre. La joven se sumergió en una inmensa aflicción, que se acentuaba al recordar la felicidad de los días que había pasado al lado de su enamorado. Las lágrimas se le desprendían como perlas transparentes y le mortificaba pensar en la penuria que acosaba a su amado.

Un día, al enterarse por casualidad del paradero de su amado, se sintió invadida por una alegría indescriptible. Tomó todo el dinero que había ganado y se lo entregó a un mensajero junto con un cofre de joyas, para sacarle del apuro y ayudarle a realizar sus estudios interrumpidos.
Antes de marcharse, el joven vino a despedirse de su amada y le reiteró su amor incondicional. La hermosa joven le dijo que le esperaría hasta que volviera con los estudios realizados. Se separaron con el corazón dolorido y las caras bañadas en lágrimas.

A partir de ese día, Primavera, que así se llamaba la joven, se encerró y nunca volvió a salir. Se negaba a trabajar para complacer a los hombres. Pasaba los largos días y noches sumergida en un profundo dolor. Echaba de menos a su entrañable amado, mientras que soportaba impasiblemente la soledad, la añoranza y los recuerdos idílicos de la convivencia. Perdió el apetito adelgazaba por el dolor y la desnutrición.
La dueña del prostíbulo se puso furiosa al ver que ella no recibía a los hombres. Para vengarse de su inactividad, la vendió a un rico comerciante de la provincia de Shan Xi como concubina.

Resultó que la mujer de ese mercader adinerado mantenía relaciones extramatrimoniales con un adúltero desde hacía bastante tiempo. Y para mantener sus relaciones ilícitas en secreto mató a su marido.
Pero se lo inculpó a Primavera con una falsa acusación, sobornando además a los jueces para que la condenaran a muerte. Los funcionarios de la justicia detuvieron enseguida a Primavera, a la que sometieron a cruel tortura con el fin de obligarla a confesar el delito de homicidio. La muchacha no pudo soportar el martirio de los látigos y asumió la calumnia como un hecho real, por lo que fue condenada a muerte.

Días antes de la ejecución, llegó un inspector de la justicia enviado por el emperador, que era precisamente el novio de la condenada. Sucedió que tras separarse de su amada, se dedicó íntegramente al estudio durante varios años. Al final se presentó a los exámenes imperiales y ganó un lugar prominente, lo que le valió ser nombrado inspector de justicia.

Al leer los expedientes, se sorprendió enormemente al encontrar el nombre de su novia condenada a muerte. Se quitó el uniforme oficial y se disfrazó de un ciudadano común y empezó a investigar el extraño caso. Al cabo de dos días pudo aclarar todos los detalles de la calumnia. Convocó una nueva sesión para aclarar el caso. Estaba seguro de que podría revocar el falso veredicto y salvar a su amada.

Sin embargo, cuando vio a su entrañable amada, se emocionó tanto que perdió la serenidad y el control de sí mismo. Ante el inminente fracaso de los esfuerzos por absolver a su amada, los dos ayudantes del inspector controlaron, afortunadamente, la situación adversa y declararon inocente a la hermosa muchacha.
Tras el juicio, los novios se encontraron con gran emoción fundiéndose en lágrimas de alegría y felicidad.

Leyenda China.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL MAESTRO.


Era un renombrado maestro; uno de esos maestros que corren tras la fama y gustan de acumular más y más discípulos. En una descomunal carpa, reunió a varios cientos de discípulos y seguidores. Se irguió sobre sí mismo, impostó la voz y dijo:
–Amados míos, escuchad la voz del que sabe.
Se hizo un gran silencio. Hubiera podido escucharse el vuelo precipitado de un mosquito.
–Nunca debéis relacionaros con la mujer de otro; nunca. Tampoco debéis jamás beber alcohol, ni alimentaros con carne.
Uno de los asistentes se atrevió a preguntar:
–El otro día, ¿no eras tú el que estabas abrazado a la esposa de Jai?
–Sí, yo era -repuso el maestro.
Entonces, otro oyente preguntó:
–¿No te vi a ti el otro anochecer bebiendo en la taberna?
–Ése era yo -contestó el maestro.
Un tercer hombre interrogó al maestro:
–¿No eras tú el que el otro día comías carne en el mercado?
–Efectivamente -afirmó el maestro. En ese momento todos los asistentes se sintieron indignados y comenzaron a protestar.
–Entonces, ¿por qué nos pides a nosotros que no hagamos lo que tú haces? Y el falso maestro repuso:
–Porque yo enseño, pero no practico.

Leyenda de Oriente.

lunes, 5 de septiembre de 2016

LOS DRAGONES.


Hace mucho tiempo, cuando no había ríos ni lagos en la Tierra sino solamente el mar del Este,
habitaban en él cuatro dragones: el Gran Dragón, el Dragón Amarillo, el Dragón Negro y el Dragón Perlado. Un día, los cuatro dragones volaron desde el mar hacia el cielo, en donde comenzaron a jugar con las nubes.
De pronto uno de los dragones dijo a los demás “¡Vengan rápido a ver esto, por favor!”
"¿Qué sucede?” preguntaron al unísono los otros tres, mirando hacia donde apuntaba el Dragón Perlado.

Abajo, en la Tierra, se veía una multitud ofrendando panes y frutas y quemando incienso. Entre el gentío se destacaba una anciana de cabellos blancos, arrodillada en el suelo con un niño pequeño atado a su espalda. Ella rezaba: “Dios de los Cielos, por favor, envíanos pronto la lluvia para que tengamos arroz para nuestros niños”. Y es que no había llovido por largo tiempo. Los cultivos se secaban, la hierba estaba amarilla y la tierra se resquebrajaba bajo el sol ardiente.

"¡Cuán pobre es esta gente!” dijo el Dragón Amarillo, “y morirán si no llueve pronto”.
El Gran Dragón asintió. Entonces propuso "Vayamos a rogarle al Emperador de Jade para que haga llover”. Dicho lo cual dio un salto y desapareció entre las nubes. Los demás lo siguieron de cerca y todos volaron hacia el Palacio del Cielo. El Emperador de Jade era muy poderoso, pues estaba a cargo de los asuntos del cielo y de la tierra. Al emperador no le agradó ver a los dragones llegar a toda velocidad.

"¿Qué hacen aquí? ¿Por qué no se comportan como es debido y se quedan en el mar?
El Gran Dragón se adelantó y dijo: “Los cultivos de la Tierra se secan y mueren, su majestad. Le
ruego que envíe pronto la lluvia”. “Muy bien. Primero vuelvan al mar y mañana enviaré la lluvia”, dijo el emperador. Los cuatro dragones le agradecieron y regresaron muy alegres. Pero pasaron diez días y ni una sola gota de agua cayó del cielo. La gente sufría más, algunos comían raíces, algunos comían arcilla, cuando ya no hubo más raíces. Viendo esto, los dragones se pusieron muy tristes, pues sabían que el Emperador de Jade sólo se preocupaba por su propio placer y nunca se tomaba a la gente en serio. Sólo ellos cuatro podían ayudar a la gente, pero ¿cómo hacerlo? Mirando hacia el vasto océano, el Gran Dragón dijo tener la solución.
"¿De qué se trata? ¡Habla ya!” dijeron los otros tres. "Miren. ¿No hay muchísima agua en el mar en donde vivimos? Podríamos tomarla y arrojarla hacia el cielo, entonces caería como si fuera lluvia y se salvarían la gente y sus cultivos” dijo el Gran Dragón. “¡Buena idea!” dijeron los demás aplaudiendo.“Pero”, advirtió el Gran Dragón, “si el emperador se entera nos castigará”.
"Haría cualquier cosa con tal de ayudar a la gente” dijo el Dragón Amarillo.

"Entonces comencemos. De seguro no nos arrepentiremos” dijo el Gran Dragón.
El Dragón Negro y el Perlado no se quedaron atrás y volaron hacia el mar para llenar sus bocas de agua, que luego soltaron sobre la Tierra. Los cuatro dragones iban y venían y el cielo se oscureció de tanta actividad. No pasó mucho rato hasta que el agua del mar estaba derramándose en forma de lluvia sobre toda la Tierra.

"¡Llueve, llueve! ¡Los cultivos se salvarán!” toda la gente saltaba y gritaba de alegría. Las
espigas de trigo y el sorgo se enderezaron. El Dios del Mar descubrió lo que estaba sucediend e informó al emperador.
"¿Cómo se atreven los cuatro dragones a dar lluvia sin mi permiso?” El Emperador de Jade estaba furioso y ordenó a las tropas del cielo que apresaran a los dragones. Los dragones, en evidente inferioridad numérica, no pudieron defenderse y pronto fueron arrestados y llevados al Palacio del Cielo.

"Ve y pon cuatro montañas sobre los cuatro dragones, para que nunca más puedan escapar” ordenó el emperador al Dios de las Montañas. Este uso su magia para que cuatro grandes montañas aparecieran volando y cayeran sobre los cuatro dragones. Aún así, los dragones nunca se arrepintieron de sus actos. Decididos a ayudar a la gente por toda la eternidad, se convirtieron en cuatro ríos, que corrieron atravesando las montañas y los valles, cruzando el territorio de oeste a este para llegar finalmente a su hogar, el mar.

Y así se formaron los cuatro grandes ríos de China: el Heilongjian (Dragón Negro) en el norte, el Huanghe (Río Amarillo) en el centro, el Changjiang (Yangtze, o Gran Río) en el sur y el Zhujiang (Perlado) mucho más al sur.

Leyenda de China.


Disfruta aquí otra antigua Leyenda sobre Dragones:
http://leyendas-de-oriente.blogspot.com.uy/2013/06/matando-dragones.html

sábado, 3 de septiembre de 2016

SER.


"El hombre es tres cosas: lo que él piensa que es, lo que otros piensan que es, y lo que realmente es."


Enseñanzas de Oriente.

viernes, 2 de septiembre de 2016

MENTE.


"No hay fracaso, ni duda, ni debilidad dentro de ti. Solamente aquello que tú permitas asentarse en tu mente."


Sabiduría de Oriente.

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